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Espero Tu Nombre En Mi Pantalla

“Después de escribirlo y borrarlo y volverlo a escribir y revisar la ortografía y borrarlo y volverlo a escribir, pulso enviar. Ya está. Doblecheck gris, lo ha recibido. No hay vuelta atrás”.

Ahora es cuando empieza la tortura de la espera de su respuesta. El tiempo transcurre más lento de lo normal, los minutos pasan más despacio y mientras tanto no te despegas de tu móvil. Te vas a la ducha, al gimnasio, a preparar la cena, al cine… y él va detrás. Crees estar volviéndote loca cuando escuchas pitidos o notas vibraciones que no existen. Ni una notificación con su nombre en tu pantalla. Todavía no lo ha leído. ¿Se ha conectado? No quieres ser de esas locas obsesivas de las que tanto te has reído pero casi de manera inconsciente revisas tu teléfono cada cinco minutos esperando una respuesta que no llega.

Entonces te planteas qué es lo que está haciendo para no contestarte, si realmente está ocupado con algo o no es de los que viven todo el día pegado a su teléfono o si ha visto la notificación en tu pantalla y no quiere responderte o quiere responderte pero prefiere hacerte sufrir un rato para no parecer desesperado o para que tu nivel de interés por él aumente. Pensamientos en bucle que azotan y golpean tu mente. Pensamientos que no llevan a ninguna parte. Pensamientos que simulan detener el tiempo. Te parece que ha pasado una eternidad desde que enviaste ese mensaje y te empiezas a preguntar si de verdad obtendrás una respuesta.

Nos damos cuenta que estamos enganchadas a la espera

La inmediatez de la tecnología nos ha cambiado. Nos hemos vuelto impacientes, estamos ansiosos por una respuesta veloz y ya no somos capaces de esperar siquiera 30 minutos como antes hacíamos sin problema por un sms. Nos conectamos solo para ver si está en línea o si el gris se ha convertido en azul y, como tontas, estamos esperando una respuesta que quizá nunca obtendremos. Gris. Todavía gris. “¿Qué está haciendo?” Desesperamos y entonces nos damos cuenta que estamos enganchadas a ello, a una relación electrónica, esperando que se conecte, esperando que te responda, esperando que se acuerde de darte los buenos días, esperando que te pregunte qué tal te ha ido el día, esperando que tenga tiempo para chatear en la cama y desearte buenas noches, esperando su nombre continuo en tu teléfono, esperando que una pantalla te dé el calor que él debería darte. Esperando. Siempre esperando.

Bip. Bip. Revisas tu pantalla, abres las notificaciones y aparece su nombre. Una sonrisa ilumina tu cara y deseas que sea algo más que un simple “ok” o un emoticono. Miras el mensaje, pero desde las notificaciones. No vayas a resultar ansiosa. Lo lees pero no quieres que él sepa que lo has leído ya. Él ha tardado en responder y tú vas a hacer lo mismo, de lo contrario estarías perdiendo el control, y eso no lo puedes permitir, ¿verdad? Tienes que mostrarte interesada pero no demasiado, has de hacerle saber que te gusta pero que tu vida no gira entorno a él, que estás ocupada y tienes cientos de cosas mejores que hacer que hablar con él por Whatsapp, pero que de todo modos sacas un minuto para ponerle un mensaje porque te acuerdas de él. ¿Es esto necesario?

¿Quieres contestarle? Contesta

Las cosas serían más simples si nosotros las hiciésemos más simples. Si nos dejásemos de estrategias estúpidas y simplemente dijésemos y actuásemos como nos sentimos en ese momento. Si fuésemos claros y nos olvidásemos de toda esa estupidez de “parecer interesada pero no demasiado” esperando para contestar un puñetero mensaje cuando realmente nos morimos por contestar al segundo. ¿Es que de verdad creemos que un banal mensaje va a determinar nuestra supuesta futura relación? ¿Tan débiles somos?

¿Quieres contestarle? Contesta. Aunque en ocasiones nos resulten divertidos, a veces es mejor aparcar a un lado los juegos y dejarnos llevar, no pensar y disfrutar. Lo contrario solo nos provoca confusión y sufrimiento. ¿Quieres hablar con él? Llámale por teléfono. Sin embargo, aunque sabemos que amargarse por una respuesta que tarda en llegar es una de las mayores gilipolleces del planeta, no podemos evitarlo. La razón es muy sencilla: porque nos morimos de ganas. Tú. Yo. Todos. Me muero de ganas de hablar contigo, tanto que espero impaciente tu respuesta para poder seguir haciéndolo. ¿Estoy loca? Quizá sí, quizá sea la loca del teléfono.

  1. El infierno de la espera. “Hell” de Tommy Do

    El infierno de la espera.